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| Reflexiones Paganas es un proyecto concebido para desarrollar ideas de todas las tradiciones paganas ancestrales; volver a descubrir el modo de vida, la ética, estética y la filosofía que profesaban las personas de la Antigüedad, para luego adaptarlas a la modernidad. Sin embargo, este blog no se limitará a desarrollar únicamente temáticas religiosas, sino a todo lo que directa o indirectamente, sea susceptible de verse con ojos paganos . La idea, es de crear un ámbito donde se pueda exponer el pensamiento ancestral, pre-cristiano, verdaderamente pagano; sus bases y fundamentos, sin mixturas o sincretismos (generalmente desafortunados). Se buscará, por un lado, orientar a quienes comienzan a transitar el sendero; pero también, informar y hacer reflexionar a aquellos que profesan otras creencias, ya que existe una gran desinformación y muchos malos entendidos al respecto de lo que, genéricamente, se suele englobar bajo el término de Paganismo . Página 1 de 18812345...102030...»Última »  Por Oscar Carlos Cortelezzi, en 30/06/2026 (22:24) Tiempo de lectura: ~5 minutos. 1484 palabra(s). Cabe preguntarse, por qué algunos humanos celebran la diversidad y la pluralidad de ideas, creencias, formas de vida y cosmovisiones, considerando que tal cosa es uno de los aspectos más satisfactorios y bellos de la cultura humana, mientras que otros temen, odian o rechazan de plano a lo diferente o alternativo y cuanto más cerca lo tienen, cuanto más inside en sus vidas, con más vehemencia esgrimen condenas, amenazas y argumentos en su contra.
En este artículo trataremos de entender las razones básicas del fanatismo y cómo identificar su génesis en lo profundo de la psiquis humana. La simple y llana ignorancia…La ignorancia en sí no es un error, defecto o fallo del individuo. Sólo se trata de una carencia que el ejercicio de la voluntad, con el esfuerzo necesario, que resultará inversamente proporcional a cuan propicias sean las circunstancias y el nivel de la propia intelección innata, puede ser compensada. Por desgracia, nadie aprende sólo verdades científicas o históricas desde que nace… Progenitores y allegados nos transmiten cuentos y fábulas para niños, fantasías moralizadoras, relatos tradicionales y versiones sesgadas de la realidad, basadas en el mero empirismo de quienes se encargan de esa tarea… Luego nos fuerzan a ir a la escuela y asimilar una mezcla inconexa de saber científico e histórico, con mitos y dogmas religiosos, consignas políticas vigentes en la correspondiente época y una pasmosa masa de convencionalismos, con el aparente noble propósito de adaptarnos a la sociedad. Muy penosamente, nos lleva toda una vida el «des-aprender» los errores inculcados o la ignorancia heredada o absorbida en esas etapas tempranas de nuestro desarrollo. Es aquí donde surge la semilla del fanatismo: Muchas personas, en especial las que tienen la suerte de acceder a cierta ilustración, resisten y se plantean la vida de manera socrática, tratando de perfeccionar, depurar y corregir su conocimiento en vez de defenderlo a ultranza. Con el tiempo, aprenden a usar la lógica formal y a filtrar la información nueva, así como revisar la ya asimilada. Otros, por la desesperación que la incertidumbre les genera; por temor o para no perder el nicho de confort que ha construido su psiquis, comienzan a sentir la tensión emocional que genera la exposición a nueva información, que casi siempre contradice a sus creencias y eso se convierte, a su vez, en una creciente y más notoria disonancia cognitiva, la que requiere de un continuo aumento en la vehemencia para defenderla, para acallar las dudas que amenazan con demoler sus convicciones… El fanatismo es la versión adulta de cuando los niños pequeños se tapan los oídos, cierran los ojos y prorrumpen gritando “nana nana nana”, para no escuchar algo que les desagrada. Pero la ignorancia por sí sola, o lo que es lo mismo, el deficiente aprendizaje, no es causa suficiente o exclusiva para generar cualquier nivel de fanatismo en una persona. Ya Aristóteles de Estagira diferenciaba a aquellos individuos que eran conscientes de su ignorancia y los llamaba “modestos”, por no pretender ir más allá de su conocimiento limitado y no hacer apología de su falta de erudición, de a quienes llamaba “necios”, por hacer todo lo contrario. Es decir aquellos que imaginaban saber más de lo que realmente sabían y que se ofuscaban ante correcciones o nueva información que los contradijera. Es así que la ignorancia es un ingrediente necesario, un factor siempre presente, en toda especie de fanático, pero no el único elemento en la ecuación. Un matiz que es necesario puntualizar, es que el apego excesivo a algo es más una obsesión compulsiva que una expresión de fanatismo. De hecho, este suele implicar un marco ideológico o una causa colectiva, mientras que la obsesión puede ser un apego desproporcionado, pero sin esa estructura de ideas o sistema de creencias. Desde la psicología y la sociología:Otra forma de entender el fanatismo es como una adhesión emocional desbordada y rígida a una idea, a un grupo o una causa, que suele estar ligada a mecanismos de defensa, como la idealización, la proyección o una necesidad de pertenencia extrema. Desde esta arista del fenómeno, podemos comenzar a comprender que otro ingrediente del fanatismo es la necesidad de identificación, la distorsión del núcleo del propio ser, que se mueve del Yo o Ego hacia un factor externo al que se pertenece y en el que se deposita la justificación de la propia existencia. A un nivel sociológico, el fanatismo se percibe como un fenómeno colectivo, donde las identidades individuales se fusionan con la pertenencia a un grupo, y se refuerzan por dinámicas de exclusión, ritualidad y discurso ideológico. Ambas definiciones se complementan y son útiles para comprender los diferentes planos del lo que hemos dado en llamar fanatismo. De forma paradógica, es la diversidad de creencias, opiniones y colectivos humanos lo que genera esta lamentable deformación de la psiquis humana. Nadie es fanático de las tablas de multiplicar, de las letras del alfabeto o de las Leyes de la Termodinámica. Las cosas universalmente aceptadas, que no producen disidencia ni matices tampoco son caldo de cultivo para el surgimiento del fanatismo, dada su falta de necesidad, al no generar tensión emocional en quien maneja esa información. El fanatismo como problema social:El factor fundamental que mueve a alguien al fanatismo, es el aferrarse a algo por desesperación, por algún tipo de problema emocional o experiencia traumática, que cree palear o resolver adhiriendo a alguna idea o creencia, de manera irracional y desaforada. En ocasiones, esa tensión emocional, puede convertirse en algo endémico o social, cuando muchos encuentran una forma de consuelo o alienación en la misma creencia, idea, causa o consigna. Un colectivo humano se puede volcar irracionalmente a algo porque se le promete cambios radicales en la sociedad y como eso generalmente equivale a «vender humo», porque todo cambio requiere de un razonable proceso gradual, cuando se confronta a ese colectivo con la imposibilidad o el carácter utópico de su creencia o consigna, aumenta esa tensión emocional y de la misma manera, su grado de alienación. Es en ese punto donde la desesperación y la disonancia cognitiva individual se combinan con el instinto gregario y la necesidad de pertenencia a un colectivo «monocromo», con el cual el individuo se pueda identificar y convertirse en masa. El consecuente abandono de la individualidad es una forma de depositar fuera de sí la esperanza de salvación, de algún tipo de redención de su angustia existencial y, de ese modo, liberarse de la carga de tener que buscar esas metas por propia cuenta. En este sentido, y si bien el ambiente de origen siempre juega un papel fundamental, ya que el mismo brinda un soporte racionalista para enfrentar las creencias o ideas absurdas cuando la educación es adecuada o, en su defecto, deja al individuo indefenso ante cualquier planteo que parezca agradarle, por más peregrino que sea este, el fanatismo por adherencia irrestricta a una ideología, credo o causa ya en la juventud o adultez suele ser el más frecuente. Cuando la persona deposita sus esperanzas, inquietudes e incluso sus sentimientos en un líder, guía o redentor, sea este real o imaginario, antiguo o contemporáneo, traslada también toda posibilidad de crítica o valoración al objeto de su confianza y devoción, anulando por completo su capacidad de usar la lógica. Es por eso que rara vez alguien es fanático de una idea o creencia en donde no exista un sujeto (u objeto) real o imaginario en el cual pueda trasladar su identidad y sentido crítico. Concluyendo: La crisis de identidad; la rigidez cognitiva; el temor a los cambios sociales, la pertenencia a los grupos cerrados y la pérdida de símbolos culturales, son las principales causas del fanatismo. Salida del fanatismo:Sin la voluntad del individuo de cuestionar su propia adhesión, cualquier intervención externa queda limitada. Si se trata de persuadir al fanático, combatirá a su interlocutor más por el temor subconsciente de que se quiebre su idea salvadora, que por el hecho de que el otro piense diferente. Hay que recordar que, con frecuencia, el “grito” del fanático es más un intento de acallar las voces de sus contradicciones internas que el buscar una mayor atención de los demás. Sólo a nivel interno, la persona puede abandonar el fanatismo cuando inicia un conflicto con su identidad, una revisión crítica de sus creencias y un trabajo de reconfiguración personal, que generalmente se da cuando la ya aludida tensión emocional que todo fanático sufre, produce una ruptura en la forma en como se autopercibe y en el significado que le ha dado a su vida, hasta ese momento. Raramente un fanático puede recibir ayuda externa, porque casi nunca está dispuesto a aceptarla. En los raros casos en que eso ocurre, las estrategias de cambio suelen centrarse en crear espacios de reflexión y crítica de las propias ideas o creencias, pero, al final, la decisión de abandonar el foco de fanatización es personal e intransferible.  Por Oscar Carlos Cortelezzi, en 16/12/2025 (14:19) Tiempo de lectura: ~9 minutos. 2442 palabra(s).
Al abrir los ojos, o al creer que eso hacía, como primer acto consciente, luego de estar dormido, ausente o desmayado, ya que hasta mucho después no habría de saber de cuál de esos estados me había recuperado, pude ver un cielo rojizo, casi monocromo, notoriamente diferente al de un alba u ocaso normal y con unas tonalidades extrañas, como si ciertos matices de la luz que se filtraban entre las densas y omnipresentes nubes, bordearan el rango del espectro electromagnético inferior al rojo, que a pesar de mi evidente paupérrima memoria, barrunté como algo que no era un fenómeno normal, que fuera parte del mundo natural que mi mente creía conocer. Además, esas extrañas nubes lucían a la vez vetas iridiscentes como si el sol, que aunque ausente a mi vista, las bañara, a la par de con su habitual calor y luz visible, con alguna radiación extra, que en los altos estratos de la atmósfera inflamaba gases normalmente no presentes allí. Todo esto, más otra capa más fina y transparente y mucho más baja de humo o partículas grises de alguna clase, las cuales formaban volutas de caprichosas formas y diseños, daban al aspecto general del cielo un aire ominoso, funesto y lleno de extraños presagios que mi mente, aún abrumada y confundida, no era capaz de comprender ni de dejar de temer. Este particular estado atmosférico, abarcaba toda la bóveda celeste, lo cual pude comprobar cuando logré, un poco más tarde, incorporarme y ver el panorama completo que me rodeaba. Lo segundo que noté, aunque si dijera que fue una sensación pecaría de impreciso, porque más bien lo recibí como simple “información sensorial” en mi intelecto, es que mis manos y dedos, al tratar de afirmarse para poder sentarme, ya que mi posición era totalmente horizontal, sobre un suelo que, adiviné, era de una playa, por el cercano sonido de las rompientes olas del mar, encontraron no arena ni pequeños pedruscos costeros o restos calcáreos normales, que son las texturas comunes en la mayoría de los casos, sino un polvo fino, casi impalpable, que se pegó a mis palmas y mis dedos más como la ceniza del tipo producido por la combustión de materiales orgánicos que como los granos de la arena normal, más rica en silicatos que en carbono. Por otro lado, al seguir observando el paisaje onírico o quizás alienígena que me rodeaba, me di cuenta que el suelo, a la par de ese polvo notoriamente gris, que a pesar de la luz sanguinolenta que lo iluminaba no modificaba su tono ceniciento, el suelo también contenía lo que parecían huesos molidos o erosionados por el agua del mar. Esos fragmentos eran siempre muy pequeños, tanto así que no pude, a pesar de escarbar e indagar largo rato, aún sin poder pararme, por la confusión, la falta de fuerza y el asombro que mis percepciones me ofrecían, darme cuenta de qué clase de animales eran, aunque, por supuesto, al ser ya parte del sedimento de la playa, inferí que pertenecerían a múltiples especies. Mientras seguía tumbado en la playa, levemente reclinado sobre una roca muy redondeada por la erosión eólica y por el oleaje, para analizar mejor este peculiar sedimento, tome un puñado del mismo y forzando bastante mi vista, pude reconocer un pequeño porcentaje de arena normal, tan ínfimo, que no se notaba en el suelo ni alteraba su textura, pero que me dio a entender que eones atrás, esa playa había sido similar a las que cualquier individuo que, alguna vez, hubiese visitado el mar, habría podido reconocer. Al fin, sin lastimarme porque nada en ese extraño suelo era filoso o punzante, pero no sin mediar un enorme y penoso esfuerzo, como el de aquel que debe abandonar la cama luego de largos días de luchar contra una debilitante fiebre, pude pararme y revisar mi cuerpo, viendo que estaba tan cubierto del mencionado sedimento ceniciento que casi era imposible quitármelo, como si algún elemento calcáreo o salitroso lo hubiese estado depositando por años sobre mi piel, lo cual, desde luego, era imposible. Por lo que yo sabía, o creía saber, sólo había yacido en la playa no más de unas pocas horas… El no estar hambriento, sediento o sufriendo de hipotermia era una sólida prueba de ello. Aunque no me molestaba esa, llamémosle, suciedad, quise lavarme en el mar, pero al observarlo, lo vi muy lejano, siendo que la playa cubría kilómetros de ancho y sentía que no tenía las fuerzas suficientes para llegar hasta el agua. Esto, a la par de que, en mi mente, un instinto impreciso e intermitente, me decía que el líquido que hallaría si me acercara a las olas, tampoco sería el agua natural del mar. Otra cosa digna de referir es que, continuamente, pero variando en intensidad y densidad, una brisa levantaba nubes de esa extraña ceniza y llegaba a opacar la roja luz del cielo. Era curioso el ver que el polvo y los detritos a veces le jugaban inquietantes bromas a mi cerebro alterado, mostrándome pareidolias a través de las cuales veía surgir otros seres levemente antropomórficos de entre el polvo, pero también otros más de formas animales, algunas conocidas y otras totalmente ajenas a mi relativamente sólido conocimiento de la historia biológica de la Tierra. Observando el fenómeno, no tardé demasiado en descubrir que la constante exposición a las mismas había sido la causante de la lenta formación de esa cuasi-caparazón que me cubría. Extrañamente, sin embargo, no molestaba a mis ojos y no provocaba en mí sensación táctil o termal alguna, porque a pesar de sentir su roce, me era totalmente inocua. Comencé a caminar en una dirección que imaginé era el Oeste, porque la luz era más fuerte en ese horizonte, más variada en tonos, a pesar del omnipresente rojo, y no parecía aumentar, sino disminuir, pero muy lentamente… Más de lo que debería ser un ocaso normal, recuerdo que llegué a pensar. No sé cuánta distancia recorrí, porque no había punto de referencia alguno para saberlo. De un lado, sólo veía kilómetros de playa cenicienta y muy lejos un aparentemente tranquilo mar, donde noté, sin embargo, lluvias intermitentes, pero que ni siquiera una leve humedad aportaban a la zona donde yo deambulaba y del otro, sólo piedras yermas y dunas de esa extraña mezcla de huesos molidos que ya mencioné. Hasta ese momento, mi mente estaba tan ocupada y confundida por el insólito y desconocido paisaje que veía, que no me detuve a pensar en mí… En mi actual condición ni qué extraño evento me había llevado a la misma. Mi mente permanecía semi-adormecida, percibiendo todo como si fuera una experiencia onírica peculiar y hasta interesante. Sin embargo, sin mediar factor alguno que disparara el cambio y como quien despierta de un profundo y largo sueño, me aterrorizó de pronto el hecho de que apenas me reconocía a mí mismo… Reflexionando ansiosa y profundamente, y pasado un largo rato, la monotonía de mi caminar sin rumbo, me ayudó a darme cuenta de que había olvidado quién era, pero que poseía incontables recuerdos e impresiones de quien, quizás, podía haber llegado a ser. Pero esto, lejos de aclarar mi mente o de tranquilizarla, dándome las respuestas que tanto necesitaba, la apabulló y saturó, dado que no sabía cuáles de las escenas y personajes que llegaban a mi consciencia, eran parte real de mi presente vida… Desde luego, no podían ser todas, ni tan sólo una pequeña parte de los mismos, no sólo debido a su desmesurada abundancia, sino a la variedad de edades, épocas, géneros y condiciones de vida desde donde parecían haberse originado. Recordé a un joven pescador de cangrejos, enredarse entre las sogas de las jaulas de su navío y ahogarse en el mar helado del Estrecho de Bering. Capté cada momento de su agonía y de cómo, una vez muerto, pequeños peces dispusieron de sus restos para alimentarse, también captando el hambre y el instinto agresivo de esos seres marinos que lo devoraron. Vi a una hermosa joven, en la cima de un acantilado, que no parecía geográfica ni geológicamente cercano a donde yo me encontraba ahora, con un mar embravecido pero de color normal, como también lo era el aspecto y color de aquel cielo. La mujer vestía ropas victorianas costosas y formales, y llorando desconsolada, se dejó caer sobre las rocas, que entre las rompientes olas, estaban 100 metros por debajo, para luego también ser, lenta pero inexorablemente, reclamada por el mar y sus criaturas. Observé otra escena, a travez de los ojos de un hombre obeso, calvo y de movimientos torpes, jugando en el agua con unos niños, segundos antes de que una inmensa ola los tragara a todos ellos. Recordé sus ahogos y su desesperación y luego, de nuevo, a los tiburones y a otros carroñeros marinos que dispusieron de sus cuerpos. Otra vez pudiendo sentir el hambre y el instinto predatorio de estos al luchar por la comida, como si formaran parte de mi mismo. Me percibí como un hoplita ateniense, ahogándome lentamente luego de haber caído al agua al ser embestida mi nave por otra persa en la Batalla de Salamis y ser incapaz de nadar con 24 kg de bronce encima. Rememoré el desasosiego y hasta el temblor de los cuerpos, producto del incontrolable pavor, de un grupo de niñas polinesias entregadas al mar como ofrenda a algún temible y oscuro dios de las profundidades, para calmar la furia de las olas que parecían ir deglutiendo a su isla con el paso de los años. Pude sentir su muerte por sed e insolación y, finalmente el como, luego de que la canoa sucumbiese a las olas, un cardumen de peses sólo dejara sus huesos como parte del sedimento marítimo. Sufrí la lenta, penosa y desesperada asfixia de un grupo me marineros de un submarino alemán U2 de la Primera Guerra Mundial, luego de encallar en el fondo del mar por un fallo irreparable de su nave. Sentí el pavor de miles de almas en incontables naufragios, el horror de las víctimas de escualos en las playas cálidas de otros tiempos. Colgué de la ahorca y luego fui arrojado a las profundidades oceánicas siendo castigado así, en razón de que un rapto de ira me hizo golpear a un oficial superior en un navío militar de la era napoleónica e incluso alcancé a recordar existir como formas vivientes de los océanos durante eras muy anteriores a la aparición de los homínidos. Pero una imagen se repitió más que ninguna otra, la de una mujer de negro, con ropas invernales, al borde de un mar suavemente lluvioso y con olas ruidosas pero rompiendo lejos de ella, llevando una urna funeraria y llorando a tal punto que la humedad de la lluvia y las olas no disimulaban sus lágrimas. Ella arrojaba las cenizas que el recipiente mortuorio contenía a las aguas, pero gran parte de las mismas eran reclamadas por el viento y la playa. Curiosamente, y si bien esta era la imagen que más se repetía, el rostro y el aspecto de la mujer nunca eran los mismos. Ni sus ropas ni el color de su cabello, su estatura ni otros detalles dejaban de variar continuamente. Todo eso me aportó una serie de ideas que me permitieron empezar a comprender lo que estaba ocurriendo, pero una última pista me las confirmó… Cuan epifanía, de pronto me di cuenta que el mundo entero estaba muerto, el mar ya no tenía organismos vivos y había perdido gran parte de su volumen, concentrando su salinidad y llenando sus aguas con compuestos químicos incompatibles con la vida, debido esto a la erosión de millones de años de costas y a la acción de la plaga que fue aquel ser inteligente que alguna vez dominó la Tierra. Los cielos no dejaban ver aves o insectos y ningún sonido proveniente de fuentes orgánicas había vibrado en el aire del planeta desde incontables eras pretéritas. La playa era, simplemente, un depósito de restos funerarios, creados por la Naturaleza al moler conchas y huesos y por la industria humana al quemar los restos de los fallecidos. El rojo continuo del cielo presagiaba el cercano final de nuestro astro y explicaba la ya antigua muerte del planeta y de la vida en el mismo. ¿Pero quién era yo y quiénes esas otras sombras cenicientas que deambulaban sin rumbo, lejanas a mí, que ya me había persuadido que no eran simples pareidolias producto de mi trastornada consciencia y que, además, eran claramente visibles en la extensión interminable de la playa? La respuesta era triste pero simple: Nada más que fragmentos de consciencia de billones de seres, que el viento y el mar recambiaban continuamente, tomando de los restos de quienes habían vivido, retazos de recuerdos, sensaciones y experiencias. Ahora ya estaba claro, la razón del por qué recién desperté a la consciencia en un período en que el sol ya había completado su secuencia principal como estrella, comenzando su lenta transformación en gigante roja y preparándose para calcinar a los mundos internos del sistema solar: Yo no era nadie en sí, sino un conjunto lo suficientemente grande y complejo de remanencias, de ecos de lejanas consciencias que, todos juntos, simulaban a algo parecido a lo que eones atrás había sido un homo sapiens. Era menos que un espectro, ya que me parecía más a un manojo de residuos amontonados por el viento en un rincón de las piedras de una tierra yerma, que a un espíritu perteneciente a una persona que tuvo una vida real hasta ser reclamado por la invencible Muerte. Existiría sólo hasta la próxima fuerte brisa, hasta que el viento y el mar recombinaran los vestigios de quienes una vez vivieron, otra vez, de otra caprichosa y aleatoria forma, como lo vino haciendo desde que la vida pasó a ser un recuerdo, en este moribundo mundo que alguna vez, una especie de simios bípedos, llegó a nombrar como Tierra. Me sentaré en la ceniza, esperando volver a ella. No hay dolor ni pesar en este ciclo, sólo anodina futilidad… Y ahora que las fuerzas naturales ya están prontas a reclamarme al olvido, me pregunto: ¿En realidad, fue diferente para aquellos que alguna vez tuvieron una verdadera vida? Una vez tragados por el mar, una vez depositados en las lúgubres tumbas, ¿algo más que sombras y olvido, que polvo y cenizas les ofreció la Eternidad? No puedo responder a eso, ni tampoco importa… Ahora todos, de algún modo, son parte de esta playa y de este mar sin vida… y es así que ya nunca nadie podrá dar respuesta a eso, jamás…  Por Oscar Carlos Cortelezzi, en 20/04/2025 (19:12) Tiempo de lectura: ~4 minutos. 962 palabra(s).
La gente que resigna sus pasiones, propósitos y anhelos, con los cuales vivió las primeras décadas de su vida; que dejó de escuchar la música que la marcó en su juventud y que olvidó los ideales que le motivaban al despertar, cada mañana, no ha madurado, ha concedido, se ha fosilizado, resignó su esencia y programó su mente con los valores e intereses de otros… Tales personas, se doblegaron ante la mediocridad general, ante el costumbrismo ovejuno, ante repugnantes y falaces ideologías, porque les valió más su predecible rutina y su nicho de confort y seguridad, que su identidad y sus principios. Madurar no es abandonar la propia identidad ni lo que fue importante en los buenos años de la vida, es reconciliarse con el ciclo de la vida y la muerte, es abandonar los lazos y apegos inútiles, sacudirse a parientes, parejas o allegados tóxicos y triviales para la propia vida y enfocarse en dejar un legado antes de partir de la misma. Madurar no es cumplir el rol que otros pretendieron signarnos, tal cosa es, por el contrario, el mayor de los fracasos. El que vive cumpliendo un rol asignado por otros, no vive, subsiste y el día en que sus ojos se cierren por última vez, sentirá el vació y la desazón de haber vivido en vano y cuando el abismo de la Muerte se abra delante de sus ojos, también surgirá otro detrás… El de una vida que se vivió sin razón, sin sentido y sin propósito. La vida en sí, no tiene sentido, no tiene un significado global y universal, pero nosotros podemos darle uno propio, nacido de nuestra libertad, individualidad e identidad irrepetible y ese sentido y propósito, ha de reverberar en la eternidad marcando la evolución del Cosmos con un ser único y singular (cada uno de nosotros), siempre que ese significado haya sido elegido con sinceridad, con valor y con fidelidad hacia uno mismo. Sin embargo, si el propósito nos lo da otro, si el sentido nace de una tradición, dogma o costumbre dada, sólo la sombras del olvido esperarán a esa persona… Porque cualquiera tiene el valor de cumplir con las expectativas de otros, ser exitoso y bien ajustado a la sociedad. El premio se antoja grande y fácil de obtener en esos casos: La aceptación, el reconocimiento dentro del rebaño e incluso el privilegio de ser parte de la “elite” del mismo. Pocos, sin embargo, pueden vivir teniendo el valor de ser lo que su voluntad consciente les ha dictado, incluso hasta las últimas consecuencias. Sólo algunos son capaces de renunciar al rebaño y vivir como lobos o águilas, viendo desde lejos, y en la soledad, la triste danza del colectivo domesticado. Hay que considerar que, en 100 años, nuestros nombres serán olvidados, pero las marcas que hemos dejado en el mundo, no… Cada uno de nuestros actos quedará integrado a las cadenas causales del Universo, para siempre. No hay nada ni nadie en la vida que justifique el torcer nuestro destino. Nada ni nadie, ni mortal ni inmortal, ni real o imaginario, merece tal sacrificio. Somos islas en un mar infinito, llamaradas fugaces en medio de la eterna oscuridad. Nuestras vidas pasarán, nuestro legado, no… Incluso si el mismo se convierte en anónimo, perdurará a través de las cadenas causales que conectan al primer instante del universo con el último. Pero para ello hay que tener el valor de vivir como dicta nuestra voluntad y sentido de la vida y no con las normas, dogmas y supersticiones o costumbres que otros nos inculquen o traten de forzar a seguir. La Vida no es un camino de búsqueda de la felicidad, la Vida es un sendero de búsqueda de la trascendencia, a través de las marcas que dejamos y que preferentemente no deben ser cicatrices, ni en la Madre Tierra ni en los demás. Quien logre vivir así, no temerá a la Muerte, no pensará que su vida fue en vano o que la existencia no tuvo sentido. Quien logre vivir de ese modo, trascenderá su propia miserable animalidad y cambiará el instinto de reproducirse como conejo o de triunfar como personaje de una historieta y se sentirá dueño de sí y, un día, recibirá a la Muerte, como una amiga, que le dará la paz y el descanso al final de la jornada. Así la verá y no como el horror de lo inexorable o lo desconocido. La voluntad es la única ley para el humano que se ha podido sacudir los dogmas, las moralinas y las ideologías. Es mejor reinar en el infierno que servir en el cielo. Es mejor ser dueño de sí y ser infeliz, que feliz y marioneta de otros. Cuando el día de cerrar los ojos llegue, cuando la dulce Parca nos llame, sentir que nadie nos doblegó, que a nadie nos sometimos y que transitamos nuestro camino sin las limitaciones impuestas por otros, nos hará dar el último suspiro con una sonrisa en los labios, sabiendo que hemos vencido en el camino de la vida. El temor a la Muerte no tiene sentido alguno, pero el vacío que nace de una vida sin profundidad, sin deseo de comprender la naturaleza del Universo, de la Vida y de nosotros mismos, transcurriendo cada jornada en triviales convencionalismos, sólo para un día fenecer, debería ser el mayor terror que podamos presagiar, para cuando el postrero momento nos llegue… El valiente no desdeña el temor a la Muerte porque desee morir, no la teme porque nunca se doblegó ni dejó de ser él mismo y su fin sólo será el corolario de su aventura existencial. Vivir de otra manera, es para ovejas de un rebaño, no para las águilas que surcan los cielos de la eternidad… Página 1 de 18812345...102030...»Última » | Universo Pagano webmaster@universo-pagano.com http://www.universo-pagano.com/ Oscar Carlos Cortelezzi Universo Pagano Proyecto de reconstru-cción, divulgación y redes-cubrimiento de todas las tradiciones paganas ances-trales y del legado que ofrecen a la Humanidad. 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