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Al abrir los ojos, o al creer que eso hacía, como primer acto consciente, luego de estar dormido,...

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Existencia

Al abrir los ojos, o al creer que eso hacía, como primer acto consciente, luego de estar dormido, ausente o desmayado, ya que hasta mucho después no habría de saber de cuál de esos estados me había recuperado, pude ver un cielo rojizo, casi monocromo, notoriamente diferente al de un alba u ocaso normal y con unas tonalidades extrañas, como si ciertos matices de la luz que se filtraban entre las densas y omnipresentes nubes, bordearan el rango del espectro electromagnético inferior al rojo, que a pesar de mi evidente paupérrima memoria, barrunté como algo que no era un fenómeno normal, que fuera parte del mundo natural que mi mente creía conocer.

Además, esas extrañas nubes lucían a la vez vetas iridiscentes como si el sol, que aunque ausente a mi vista, las bañara, a la par de con su habitual calor y luz visible, con alguna radiación extra, que en los altos estratos de la atmósfera inflamaba gases normalmente no presentes allí. Todo esto, más otra capa más fina y transparente y mucho más baja de humo o partículas grises de alguna clase, las cuales formaban volutas de caprichosas formas y diseños, daban al aspecto general del cielo un aire ominoso, funesto y lleno de extraños presagios que mi mente, aún abrumada y confundida, no era capaz de comprender ni de dejar de temer.

Este particular estado atmosférico, abarcaba toda la bóveda celeste, lo cual pude comprobar cuando logré, un poco más tarde, incorporarme y ver el panorama completo que me rodeaba.

Lo segundo que noté, aunque si dijera que fue una sensación pecaría de impreciso, porque más bien lo recibí como simple “información sensorial” en mi intelecto, es que mis manos y dedos, al tratar de afirmarse para poder sentarme, ya que mi posición era totalmente horizontal, sobre un suelo que, adiviné, era de una playa, por el cercano sonido de las rompientes olas del mar, encontraron no arena ni pequeños pedruscos costeros o restos calcáreos normales, que son las texturas comunes en la mayoría de los casos, sino un polvo fino, casi impalpable, que se pegó a mis palmas y mis dedos más como la ceniza del tipo producido por la combustión de materiales orgánicos que como los granos de la arena normal, más rica en silicatos que en carbono.

Por otro lado, al seguir observando el paisaje onírico o quizás alienígena que me rodeaba, me di cuenta que el suelo, a la par de ese polvo notoriamente gris, que a pesar de la luz sanguinolenta que lo iluminaba no modificaba su tono ceniciento, el suelo también contenía lo que parecían huesos molidos o erosionados por el agua del mar. Esos fragmentos eran siempre muy pequeños, tanto así que no pude, a pesar de escarbar e indagar largo rato, aún sin poder pararme, por la confusión, la falta de fuerza y el asombro que mis percepciones me ofrecían, darme cuenta de qué clase de animales eran, aunque, por supuesto, al ser ya parte del sedimento de la playa, inferí que pertenecerían a múltiples especies.

Mientras seguía tumbado en la playa, levemente reclinado sobre una roca muy redondeada por la erosión eólica y por el oleaje, para analizar mejor este peculiar sedimento, tome un puñado del mismo y forzando bastante mi vista, pude reconocer un pequeño porcentaje de arena normal, tan ínfimo, que no se notaba en el suelo ni alteraba su textura, pero que me dio a entender que eones atrás, esa playa había sido similar a las que cualquier individuo que, alguna vez, hubiese visitado el mar, habría podido reconocer.

Al fin, sin lastimarme porque nada en ese extraño suelo era filoso o punzante, pero no sin mediar un enorme y penoso esfuerzo, como el de aquel que debe abandonar la cama luego de largos días de luchar contra una debilitante fiebre, pude pararme y revisar mi cuerpo, viendo que estaba tan cubierto del mencionado sedimento ceniciento que casi era imposible quitármelo, como si algún elemento calcáreo o salitroso lo hubiese estado depositando por años sobre mi piel, lo cual, desde luego, era imposible.

Por lo que yo sabía, o creía saber, sólo había yacido en la playa no más de unas pocas horas… El no estar hambriento, sediento o sufriendo de hipotermia era una sólida prueba de ello.

Aunque no me molestaba esa, llamémosle, suciedad, quise lavarme en el mar, pero al observarlo, lo vi muy lejano, siendo que la playa cubría kilómetros de ancho y sentía que no tenía las fuerzas suficientes para llegar hasta el agua. Esto, a la par de que, en mi mente, un instinto impreciso e intermitente, me decía que el líquido que hallaría si me acercara a las olas, tampoco sería el agua natural del mar.

Otra cosa digna de referir es que, continuamente, pero variando en intensidad y densidad, una brisa levantaba nubes de esa extraña ceniza y llegaba a opacar la roja luz del cielo. Era curioso el ver que el polvo y los detritos a veces le jugaban inquietantes bromas a mi cerebro alterado, mostrándome pareidolias a través de las cuales veía surgir otros seres levemente antropomórficos de entre el polvo, pero también otros más de formas animales, algunas conocidas y otras totalmente ajenas a mi relativamente sólido conocimiento de la historia biológica de la Tierra.

Observando el fenómeno, no tardé demasiado en descubrir que la constante exposición a las mismas había sido la causante de la lenta formación de esa cuasi-caparazón que me cubría. Extrañamente, sin embargo, no molestaba a mis ojos y no provocaba en mí sensación táctil o termal alguna, porque a pesar de sentir su roce, me era totalmente inocua.

Comencé a caminar en una dirección que imaginé era el Oeste, porque la luz era más fuerte en ese horizonte, más variada en tonos, a pesar del omnipresente rojo, y no parecía aumentar, sino disminuir, pero muy lentamente… Más de lo que debería ser un ocaso normal, recuerdo que llegué a pensar.

No sé cuánta distancia recorrí, porque no había punto de referencia alguno para saberlo. De un lado, sólo veía kilómetros de playa cenicienta y muy lejos un aparentemente tranquilo mar, donde noté, sin embargo, lluvias intermitentes, pero que ni siquiera una leve humedad aportaban a la zona donde yo deambulaba y del otro, sólo piedras yermas y dunas de esa extraña mezcla de huesos molidos que ya mencioné.

Hasta ese momento, mi mente estaba tan ocupada y confundida por el insólito y desconocido paisaje que veía, que no me detuve a pensar en mí… En mi actual condición ni qué extraño evento me había llevado a la misma. Mi mente permanecía semi-adormecida, percibiendo todo como si fuera una experiencia onírica peculiar y hasta interesante. Sin embargo, sin mediar factor alguno que disparara el cambio y como quien despierta de un profundo y largo sueño, me aterrorizó de pronto el hecho de que apenas me reconocía a mí mismo…

Reflexionando ansiosa y profundamente, y pasado un largo rato, la monotonía de mi caminar sin rumbo, me ayudó a darme cuenta de que había olvidado quién era, pero que poseía incontables recuerdos e impresiones de quien, quizás, podía haber llegado a ser. Pero esto, lejos de aclarar mi mente o de tranquilizarla, dándome las respuestas que tanto necesitaba, la apabulló y saturó, dado que no sabía cuáles de las escenas y personajes que llegaban a mi consciencia, eran parte real de mi presente vida… Desde luego, no podían ser todas, ni tan sólo una pequeña parte de los mismos, no sólo debido a su desmesurada abundancia, sino a la variedad de edades, épocas, géneros y condiciones de vida desde donde parecían haberse originado.

Recordé a un joven pescador de cangrejos, enredarse entre las sogas de las jaulas de su navío y ahogarse en el mar helado del Estrecho de Bering. Capté cada momento de su agonía y de cómo, una vez muerto, pequeños peces dispusieron de sus restos para alimentarse, también captando el hambre y el instinto agresivo de esos seres marinos que lo devoraron.

Vi a una hermosa joven, en la cima de un acantilado, que no parecía geográfica ni geológicamente cercano a donde yo me encontraba ahora, con un mar embravecido pero de color normal, como también lo era el aspecto y color de aquel cielo. La mujer vestía ropas victorianas costosas y formales, y llorando desconsolada, se dejó caer sobre las rocas, que entre las rompientes olas, estaban 100 metros por debajo, para luego también ser, lenta pero inexorablemente, reclamada por el mar y sus criaturas.

Observé otra escena, a travez de los ojos de un hombre obeso, calvo y de movimientos torpes, jugando en el agua con unos niños, segundos antes de que una inmensa ola los tragara a todos ellos. Recordé sus ahogos y su desesperación y luego, de nuevo, a los tiburones y a otros carroñeros marinos que dispusieron de sus cuerpos. Otra vez pudiendo sentir el hambre y el instinto predatorio de estos al luchar por la comida, como si formaran parte de mi mismo.

Me percibí como un hoplita ateniense, ahogándome lentamente luego de haber caído al agua al ser embestida mi nave por otra persa en la Batalla de Salamis y ser incapaz de nadar con 24 kg de bronce encima.

Rememoré el desasosiego y hasta el temblor de los cuerpos, producto del incontrolable pavor, de un grupo de niñas polinesias entregadas al mar como ofrenda a algún temible y oscuro dios de las profundidades, para calmar la furia de las olas que parecían ir deglutiendo a su isla con el paso de los años. Pude sentir su muerte por sed e insolación y, finalmente el como, luego de que la canoa sucumbiese a las olas, un cardumen de peses sólo dejara sus huesos como parte del sedimento marítimo.

Sufrí la lenta, penosa y desesperada asfixia de un grupo me marineros de un submarino alemán U2 de la Primera Guerra Mundial, luego de encallar en el fondo del mar por un fallo irreparable de su nave.

Sentí el pavor de miles de almas en incontables naufragios, el horror de las víctimas de escualos en las playas cálidas de otros tiempos. Colgué de la ahorca y luego fui arrojado a las profundidades oceánicas siendo castigado así, en razón de que un rapto de ira me hizo golpear a un oficial superior en un navío militar de la era napoleónica e incluso alcancé a recordar existir como formas vivientes de los océanos durante eras muy anteriores a la aparición de los homínidos.

Pero una imagen se repitió más que nunguna otra, la de una mujer de negro, con ropas invernales, al borde de un mar suavemente lluvioso y con olas ruidosas pero rompiendo lejos de ella, llevando una urna funeraria y llorando a tal punto que la humedad de la lluvia y las olas no disimulaban sus lágrimas. Ella arrojaba las cenizas que el recipiente mortuorio contenía a las aguas, pero gran parte de las mismas eran reclamadas por el viento y la playa.

Curiosamente, y si bien esta era la imagen que más se repetía, el rostro y el aspecto de la mujer nunca eran los mismos. Ni sus ropas ni el color de su cabello, su estatura ni otros detalles dejaban de variar continuamente.

Todo eso me aportó una serie de ideas que me permitieron empezar a comprender lo que estaba ocurriendo, pero una última pista me las confirmó… Cuan epifanía, de pronto me di cuenta que el mundo entero estaba muerto, el mar ya no tenía organismos vivos y había perdido gran parte de su volumen, concentrando su salinidad y llenando sus aguas con compuestos químicos incompatibles con la vida, debido esto a la erosión de millones de años de costas y a la acción de la plaga que fue aquel ser inteligente que alguna vez dominó la Tierra. Los cielos no dejaban ver aves o insectos y ningún sonido proveniente de fuentes orgánicas había vibrado en el aire del planeta desde incontables eras pretéritas. La playa era, simplemente, un depósito de restos funerarios, creados por la Naturaleza al moler conchas y huesos y por la industria humana al quemar los restos de los fallecidos. El rojo continuo del cielo presagiaba el cercano final de nuestro astro y explicaba la ya antigua muerte del planeta y de la vida en el mismo.

¿Pero quién era yo y quiénes esas otras sombras cenicientas que deambulaban sin rumbo, lejanas a mí, que ya me había persuadido que no eran simples pareidolias producto de mi trastornada consciencia y que, además, eran claramente visibles en la extensión interminable de la playa?

La respuesta era triste pero simple: Nada más que fragmentos de consciencia de billones de seres, que el viento y el mar recambiaban continuamente, tomando de los restos de quienes habían vivido, retazos de recuerdos, sensaciones y experiencias.

Ahora ya estaba claro, la razón del por qué recién desperté a la consciencia en un período en que el sol ya había completado su secuencia principal como estrella, comenzando su lenta transformación en gigante roja y preparándose para calcinar a los mundos internos del sistema solar: Yo no era nadie en sí, sino un conjunto lo suficientemente grande y complejo de remanencias, de ecos de lejanas consciencias que, todos juntos, simulaban a algo parecido a lo que eones atrás había sido un homo sapiens.

Era menos que un espectro, ya que me parecía más a un manojo de residuos amontonados por el viento en un rincón de las piedras de una tierra yerma, que a un espíritu perteneciente a una persona que tuvo una vida real hasta ser reclamado por la invencible Muerte.

Existiría sólo hasta la próxima fuerte brisa, hasta que el viento y el mar recombinaran los vestigios de quienes una vez vivieron, otra vez, de otra caprichosa y aleatoria forma, como lo vino haciendo desde que la vida pasó a ser un recuerdo, en este moribundo mundo que alguna vez, una especie de simios bípedos, llegó a nombrar como Tierra.

Me sentaré en la ceniza, esperando volver a ella. No hay dolor ni pesar en este ciclo, sólo anodina futilidad… Y ahora que las fuerzas naturales ya están prontas a reclamarme al olvido, me pregunto: ¿En realidad, fue diferente para aquellos que alguna vez tuvieron una verdadera vida? Una vez tragados por el mar, una vez depositados en las lúgubres tumbas, ¿algo más que sombras y olvido, que polvo y cenizas les ofreció la Eternidad?

No puedo responder a eso, ni tampoco importa… Ahora todos, de algún modo, son parte de esta playa y de este mar sin vida… y es así que ya nunca nadie podrá dar respuesta a eso, jamás…

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(1914 – 1984, escritor argentino)

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