En este artículo trataremos de entender las razones básicas del fanatismo y cómo identificar su génesis en lo profundo de la psiquis humana.
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La simple y llana ignorancia…
La ignorancia en sí no es un error, defecto o fallo del individuo. Sólo se trata de una carencia que el ejercicio de la voluntad, con el esfuerzo necesario, que resultará inversamente proporcional a cuan propicias sean las circunstancias y el nivel de la propia intelección innata, puede ser compensada.
Por desgracia, nadie aprende sólo verdades científicas o históricas desde que nace… Progenitores y allegados nos transmiten cuentos y fábulas para niños, fantasías moralizadoras, relatos tradicionales y versiones sesgadas de la realidad, basadas en el mero empirismo de quienes se encargan de esa tarea…
Luego nos fuerzan a ir a la escuela y asimilar una mezcla inconexa de saber científico e histórico, con mitos y dogmas religiosos, consignas políticas vigentes en la correspondiente época y una pasmosa masa de convencionalismos, con el aparente noble propósito de adaptarnos a la sociedad.
Muy penosamente, nos lleva toda una vida el «des-aprender» los errores inculcados o la ignorancia heredada o absorbida en esas etapas tempranas de nuestro desarrollo.
Es aquí donde surge la semilla del fanatismo: Muchas personas, en especial las que tienen la suerte de acceder a cierta ilustración, resisten y se plantean la vida de manera socrática, tratando de perfeccionar, depurar y corregir su conocimiento en vez de defenderlo a ultranza. Con el tiempo, aprenden a usar la lógica formal y a filtrar la información nueva, así como revisar la ya asimilada.
Otros, por la desesperación que la incertidumbre les genera; por temor o para no perder el nicho de confort que ha construido su psiquis, comienzan a sentir la tensión emocional que genera la exposición a nueva información, que casi siempre contradice a sus creencias y eso se convierte, a su vez, en una creciente y más notoria disonancia cognitiva, la que requiere de un continuo aumento en la vehemencia para defenderla, para acallar las dudas que amenazan con demoler sus convicciones…
El fanatismo es la versión adulta de cuando los niños pequeños se tapan los oídos, cierran los ojos y prorrumpen gritando “nana nana nana”, para no escuchar algo que les desagrada.
Pero la ignorancia por sí sola, o lo que es lo mismo, el deficiente aprendizaje, no es causa suficiente o exclusiva para generar cualquier nivel de fanatismo en una persona.
Ya Aristóteles de Estagira diferenciaba a aquellos individuos que eran conscientes de su ignorancia y los llamaba “modestos”, por no pretender ir más allá de su conocimiento limitado y no hacer apología de su falta de erudición, de a quienes llamaba “necios”, por hacer todo lo contrario. Es decir aquellos que imaginaban saber más de lo que realmente sabían y que se ofuscaban ante correcciones o nueva información que los contradijera.
Es así que la ignorancia es un ingrediente necesario, un factor siempre presente, en toda especie de fanático, pero no el único elemento en la ecuación.
Un matiz que es necesario puntualizar, es que el apego excesivo a algo es más una obsesión compulsiva que una expresión de fanatismo. De hecho, este suele implicar un marco ideológico o una causa colectiva, mientras que la obsesión puede ser un apego desproporcionado, pero sin esa estructura de ideas o sistema de creencias.
Desde la psicología y la sociología:
Otra forma de entender el fanatismo es como una adhesión emocional desbordada y rígida a una idea, a un grupo o una causa, que suele estar ligada a mecanismos de defensa, como la idealización, la proyección o una necesidad de pertenencia extrema.
Desde esta arista del fenómeno, podemos comenzar a comprender que otro ingrediente del fanatismo es la necesidad de identificación, la distorsión del núcleo del propio ser, que se mueve del Yo o Ego hacia un factor externo al que se pertenece y en el que se deposita la justificación de la propia existencia.
A un nivel sociológico, el fanatismo se percibe como un fenómeno colectivo, donde las identidades individuales se fusionan con la pertenencia a un grupo, y se refuerzan por dinámicas de exclusión, ritualidad y discurso ideológico.
Ambas definiciones se complementan y son útiles para comprender los diferentes planos del lo que hemos dado en llamar fanatismo.
De forma paradógica, es la diversidad de creencias, opiniones y colectivos humanos lo que genera esta lamentable deformación de la psiquis humana.
Nadie es fanático de las tablas de multiplicar, de las letras del alfabeto o de las Leyes de la Termodinámica. Las cosas universalmente aceptadas, que no producen disidencia ni matices tampoco son caldo de cultivo para el surgimiento del fanatismo, dada su falta de necesidad, al no generar tensión emocional en quien maneja esa información.
El fanatismo como problema social:
El factor fundamental que mueve a alguien al fanatismo, es el aferrarse a algo por desesperación, por algún tipo de problema emocional o experiencia traumática, que cree palear o resolver adhiriendo a alguna idea o creencia, de manera irracional y desaforada.
En ocasiones, esa tensión emocional, puede convertirse en algo endémico o social, cuando muchos encuentran una forma de consuelo o alienación en la misma creencia, idea, causa o consigna.
Un colectivo humano se puede volcar irracionalmente a algo porque se le promete cambios radicales en la sociedad y como eso generalmente equivale a «vender humo», porque todo cambio requiere de un razonable proceso gradual, cuando se confronta a ese colectivo con la imposibilidad o el carácter utópico de su creencia o consigna, aumenta esa tensión emocional y de la misma manera, su grado de alienación.
Es en ese punto donde la desesperación y la disonancia cognitiva individual se combinan con el instinto gregario y la necesidad de pertenencia a un colectivo «monocromo», con el cual el individuo se pueda identificar y convertirse en masa.
El consecuente abandono de la individualidad es una forma de depositar fuera de sí la esperanza de salvación, de algún tipo de redención de su angustia existencial y, de ese modo, liberarse de la carga de tener que buscar esas metas por propia cuenta.
En este sentido, y si bien el ambiente de origen siempre juega un papel fundamental, ya que el mismo brinda un soporte racionalista para enfrentar las creencias o ideas absurdas cuando la educación es adecuada o, en su defecto, deja al individuo indefenso ante cualquier planteo que parezca agradarle, por más peregrino que sea este, el fanatismo por adherencia irrestricta a una ideología, credo o causa ya en la juventud o adultez suele ser el más frecuente.
Cuando la persona deposita sus esperanzas, inquietudes e incluso sus sentimientos en un líder, guía o redentor, sea este real o imaginario, antiguo o contemporáneo, traslada también toda posibilidad de crítica o valoración al objeto de su confianza y devoción, anulando por completo su capacidad de usar la lógica.
Es por eso que rara vez alguien es fanático de una idea o creencia en donde no exista un sujeto (u objeto) real o imaginario en el cual pueda trasladar su identidad y sentido crítico.
Concluyendo: La crisis de identidad; la rigidez cognitiva; el temor a los cambios sociales, la pertenencia a los grupos cerrados y la pérdida de símbolos culturales, son las principales causas del fanatismo.
Salida del fanatismo:
Sin la voluntad del individuo de cuestionar su propia adhesión, cualquier intervención externa queda limitada. Si se trata de persuadir al fanático, combatirá a su interlocutor más por el temor subconsciente de que se quiebre su idea salvadora, que por el hecho de que el otro piense diferente.
Hay que recordar que, con frecuencia, el “grito” del fanático es más un intento de acallar las voces de sus contradicciones internas que el buscar una mayor atención de los demás.
Sólo a nivel interno, la persona puede abandonar el fanatismo cuando inicia un conflicto con su identidad, una revisión crítica de sus creencias y un trabajo de reconfiguración personal, que generalmente se da cuando la ya aludida tensión emocional que todo fanático sufre, produce una ruptura en la forma en como se autopercibe y en el significado que le ha dado a su vida, hasta ese momento.
Raramente un fanático puede recibir ayuda externa, porque casi nunca está dispuesto a aceptarla. En los raros casos en que eso ocurre, las estrategias de cambio suelen centrarse en crear espacios de reflexión y crítica de las propias ideas o creencias, pero, al final, la decisión de abandonar el foco de fanatización es personal e intransferible.
Autor, antropología, psicología; community manager, diseño y administración web…
Investigador del pasado y los orígenes de las creencias. Dedicado a la reconstrucción y divulgación del Paganismo; a la lucha por el laicismo y el conocimiento científico. Activista de los Derechos Humanos y los Derechos Animales. Ecologista radical. Pagano, liberal. Escritor, librepensador… 46 años de experiencia en la reconstrucción y difusión del Paganismo y el legado ancestral (27 años en la red).
Me gusta lo desconocido, el Erebus, lo que está en penumbras… Valoro tanto la Oscuridad como la Luz, que forman un eterno balance el cual da vida al Universo. Estoy en una jornada, una aventura y una exploración que sólo terminará cuando muera…
«En la arena del debate, sólo cae herida la ignorancia.»
